Jesús es ungido en Betania

Por Emerson Ayllón
«Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.»—Marcos 14:3-9
Hay lugares, utensilios y productos muy importantes que considerar en este análisis. Por ejemplo, BETANIA era un pueblo al este del río Jordán; allí quedaba el hogar de Marta, María y Lázaro, a solo tres kilómetros de Jerusalén. En este tranquilo y pequeño pueblo solía quedarse el Señor Jesús en sus visitas a la capital de Israel.
VASO DE ALABASTRO: El alabastro era una piedra utilizada desde la antigüedad para fabricar recipientes destinados a perfumes, ungüentos y aceites aromáticos. Los perfumes eran productos valiosos en el mundo antiguo. Un recipiente lleno de perfume podía representar una posesión de considerable valor.
PERFUME DE NARDO: Para comprender la magnitud del costo de este perfume, consideremos que un denario era aproximadamente el salario de un trabajador por un día. Por tanto, 300 denarios equivaldrían aproximadamente a los ingresos de un año laboral, dependiendo de cómo se contabilizaran los días de trabajo. Esto solía costar un frasco de alabastro con perfume de nardo.
No era, por tanto, un perfume cotidiano. La mujer está utilizando algo que representa un enorme valor económico.
El texto dice:
«Y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza…»
No dice simplemente que la mujer «UNGIÓ» al Señor Jesús. El evangelista Marcos describe el acto: TOMÓ algo precioso, ROMPIÓ el recipiente y lo DERRAMÓ sobre Cristo.
Aquel vaso ya no serviría para nada; ella lo hizo deliberadamente, sabiendo lo que hacía. ERA UN ACTO DE RECONOCIMIENTO. La mujer realiza una entrega decisiva y extraordinariamente generosa. El recipiente deja de ser útil para conservar el perfume. ¿Por qué? Porque el perfume ya no está destinado a permanecer dentro de él.
Y aquí aparece una primera enseñanza:
Hay momentos en la vida espiritual en los que conservar aquello que tenemos deja de ser la finalidad; debemos ponerlo al servicio de Cristo.
Dios puede depositar cosas preciosas dentro de nosotros, pero recibir no es el final de la historia; aquello que recibimos debe encontrar una forma de expresarse.
La libación y el alabastro comparten una poderosa imagen bíblica: aquello que se entrega verdaderamente deja de estar bajo el control de quien lo poseía.
Pero el versículo 4 dice:
«Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume…»
CONTINUARÁ…



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